—¿Y usted, por quién viene? —le pregunta una mujer a otra, en medio de una cocina improvisada bajo una carpa, repleta de comida y víveres en medio de la calle Río Pánuco, en Ciudad de México. —Por mi hija, a la que se llevaron hace diez años —le responde. La conversación entre Catalina Barrera, abuela de Mario Alberto de Alba Barrera, y María del Pilar, madre de Evelyn Chávez, sucede entre ollas, bolsas de pan y botellas de agua. Es mediodía, y varias decenas de mujeres llegadas desde Michoacán, Jalisco, Tamaulipas o Veracruz pasan el tiempo llenando formularios, conversando entre ellas o atendiendo al teléfono a las puertas de la Fiscalía General de la República (FGR). Llegaron el pasado 9 de septiembre y permanecen hasta ahora, sin que las hayan recibido. “Creen que nos vamos a cansar, pero no saben que no hay nada más resistente que una madre”, dice una de ellas.