Hay personas a las que les da por coleccionar estampillas, monedas, coches antiguos o amantes jóvenes. Donald Trump, hombre de aficiones múltiples, parece haber agregado a su colección los accidentes geográficos.
La explicación quizá sea más sencilla de lo que parece. En México, cuando decimos que al-guien es un golfo no necesariamente estamos hablando de geografía. Hablamos de un sujeto de vida alegre, costumbres relajadas y moral con horario flexible. Y si revisamos la biografía íntima del actual presidente de Estados Unidos —tres matrimonios, el episodio Stormy Daniels y su conocida relación social con Jeffrey Epstein— podemos decir que Trump tiene anteceden-tes para identificarse con el calificativo —sinónimo de caradura y vividor— que al convertirse en sustantivo indica gran porción de mar, como el Golfo de México, lo cual al golfo neoyorkino le pareció una extravagancia cartográfica y ordenó que, para efectos del gobierno estadounidense, se llamara Golfo de América.