La gimnasia parece un deporte de criaturas que no pesan. Ahí empieza la injusticia.
El público ve a alguien girar, saltar, caer, sostenerse, abrir los brazos, saludar. Y piensa, con esa inocencia ofensiva del espectador cómodo: qué ligereza. Pero la ligereza, en gimnasia, es una mentira fabricada con años de fuerza.
Nadia Comăneci lo volvió mito en Montreal 1976 , cuando obtuvo en las barras asimétricas el primer 10 perfecto de la gimnasia olímpica. El tablero marcó 1.00 porque nadie lo había construido para el diez: los marcadores se habían pedido de tres dígitos, bajo el supuesto de que la perfección no iba a necesitar lugar. La máquina no se equivocó. Fue exacta respecto de un mundo que ya no existía, el mundo anterior a esa niña de 14 años . La tecnología se quedó corta; el cuerpo, por una vez, llegó más lejos que el marcador.