El movimiento estudiantil de 1968 me dio, como a cientos, la conciencia política, y desde entonces, ideológicamente hablando, he sido socialdemócrata. Hay unos versos de Octavio Paz, en su extraordinario Nocturno de San Ildefonso, que resumen lo que tanto anhelaba aquella generación de los 60, en México y en el mundo, que por su rebeldía y coraje fue tan golpeada y estragada: “El bien, quisimos el bien; / enderezar el mundo”. Pero frente a aquella búsqueda del sueño y lo imposible se contrapusieron un altanero e impulsivo Gustavo Díaz Ordaz, enfermo de odio, y la abyección cómplice de los legisladores priístas, y políticos criminales como Luis Echeverría y Alfonso Martínez Domínguez, y el jefe del Estado Mayor Presidencial, el activamente siniestro Luis Gutiérrez Oropeza. Apenas es creíble la capacidad de autoengaño de Díaz Ordaz cuando, iracundo, en la conferencia de prensa del 12 de abril de 1977, al ser designado por López Portillo embajador en España, contestó que si de algo estaba orgulloso era de 1968 porque le permitió servir y salvar al país, y que era un mexicano limpio que no tenía “las manos manchadas de sangre”, o leer u oír el amasijo de mentiras y falsedades que hay en sus memorias, cuyas páginas sobre el 68 serían cómicas por increíbles, si no tuvieran un fondo pernicioso, como escribir que el ex rector Barros Sierra era un hombre romántico y proveía de armas a los estudiantes, o que el Ejército sólo estuvo dos o tres días luego de la toma de Ciudad Universitaria (fueron 12), o que los estudiantes desde la azotea del edificio Chihuahua dispararon en Tlatelolco al Ejército y a los propios estudiantes (cuando fueron los francotiradores que dispusieron Luis Gutiérrez Oropeza y Gutiérrez Barrios en los edificios del conjunto habitacional), y en el colmo de la ficción paranoica, que, como los estudiantes no pudieron tomar el Palacio Nacional, pretendían hacerlo en el edificio de la Secretaría de Relaciones Exteriores, contiguo a la plaza, para llevar a cabo su propaganda internacional. Díaz Ordaz vivía e interpretaba una realidad donde sólo él tenía la razón sin tener capacidad para discernir ni, por tanto, de razonar. En toda disidencia veía un peligro al principio de autoridad o un caldo de cultivo de una conjura comunista. Las fotografías y lo filmado aquella tarde no se pueden ver sin dolor u horror. Cincuenta y ocho años después, la plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco sigue simbólicamente manchada de sangre de estudiantes y civiles que llegaron sin imaginar lo que sería una tarde y una noche trágicas.