FRANKFURT— Tras la crisis financiera mundial de 2007-2008, los principales bancos centrales del mundo pasaron más de una década sin preocuparse por la inflación. En cambio, centraron sus esfuerzos en combatir las presiones deflacionarias, mientras que el discurso académico estuvo dominado por la noción de estancamiento secular y sus implicaciones para la política monetaria.
Sin embargo, a partir de 2021, el panorama cambió drásticamente y las tasas de inflación de dos dígitos pronto se volvieron habituales. Los bancos centrales fueron tomados por sorpresa y atribuyeron la situación a factores imprevistos, principalmente la crisis de la COVID-19. Esta explicación sugería que no había motivo para endurecer la política monetaria. De hecho, algunos responsables políticos incluso temían que, en uno o dos años, los bancos centrales volvieran a enfrentarse al “peligro” de una inflación excesivamente baja.