Durante años, hablamos de responsabilidad empresarial frente a grandes desafíos globales: cambio climático, desigualdad, biodiversidad, escasez de agua o transición energética. Todos fundamentales. Sin embargo, existe otra dimensión de la sostenibilidad que comienza mucho más cerca: la capacidad de transformar nuestro entorno inmediato.
Una empresa puede tener grandes metas globales, pero su impacto también se refleja en la comunidad: en el parque donde juegan los niños, en el camellón que atraviesan los vecinos, en los árboles que dan sombra y en las oportunidades para jóvenes y emprendedores.
Concretamente, la sostenibilidad también significa ser un buen vecino; esta reflexión tiene un significado especial.
Desde hace 40 años he participado en diversas iniciativas comunitarias: voluntariado, reforestación, orfanatorios, proyectos sociales y mentoría a emprendedores sociales.
Experiencias muy distintas, pero con una misma enseñanza: involucrarnos sí hace la diferencia.